Christmastripper

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Es natural que en estas fechas se avive la sensibilidad y la emotividad. Desde pequeños, las costumbres de las fiestas decembrinas se han impuesto como un referente de amor, paz y felicidad, con todo y sus restricciones: prohibido pasarla solo, prohibido pensar en el trabajo, prohibido no llegar a cenar con la familia, y demás tabúes.

Por eso sonreímos aunque no tengamos el ímpetu. Por eso nos vestimos formal. Y horneamos pavo. Y brindamos con bebidas espumosas. Por eso vamos a la iglesia. Nos damos un abrazo. Contemplamos la Luna de Navidad, que no se vio desde 1977 y no se verá de nuevo hasta 2034. Y nos preguntamos quién seguirá con nosotros para esas fechas. Cuántas sillas del comedor estarán vacías. Cuántas habrán sido reemplazadas. Cuántas tendrán que ser añadidas. Y luego callamos. Porque es Navidad y esos pensamientos no tienen cabida. Hoy es noche de gloria en el cielo y de paz en los hombres de buena voluntad.

Es Nochebuena. Otra vez. Y yo ataviado en negro, divago entre nostalgia y aprehensión, entre destino y fortuna, gracia y desgracia. Incapaz de pronunciar una oración más elaborada por miedo a quebrantarme a mí a mi familia, culpándome a la vez por no hacerlo, por contener las lágrimas, por no dejarlas fluir. Porque no todas se derramarían por felicidad. Mi abuela sufre los estragos físicos y mentales de la edad, y aunque agradecido estoy por tenerla aún conmigo también me invade la tristeza por verla en un estado deteriorado. Esa mujer que me llevaba en brazos al mercado, ahora ya no puede levantarse sola. Mis padres, diabéticos, cuentan calorías repartidas entre comida y bebida. Mi tía, que ama lavar los trastes justo al terminar de comer, lucha contra la tecnología, y en un momento de transparencia, revela el rencor que guarda y no logra soltar al aire.

Abro mi aplicación de Facebook un rato, entre la cena y el postre. Un antiguo amigo publica una reflexión copipeisteada respecto a quienes perdieron a alguien en el año, y habrían pasado su primera Navidad con esa ausencia clavada en el corazón, anudada en la garganta. Proceso comparte la nota de un incendio en Tlatelolco, que más tarde se informaría fue una fábrica de zapatos. En Cancún, un taxista pide, mientras se desangra, un vaso con agua en una casa que brilla en festejos. Muere poco después. Otro sujeto más es baleado en la calle. Y a esos hay que sumar las eventualidades anteriores a la Nochebuena. La carambola con cincuenta y tres coches involucrados. Los sobrevivientes de un accidente aquí en Quintana Roo que sufrieron amputaciones. Gente que no alzó su copa por falta de ánimos, por exceso de dolor y duelo. Otros más que, diestros de nacimiento, la sostuvieron con la zurda.

No todo es feliz en la Navidad. No importa cuántos villancicos cantemos y cuántas oraciones elevemos al cielo. La maldad, el infortunio y la muerte no perdonan.

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Despierto y es Navidad. Hay un regalo especial esperando por mí bajo el árbol. Se trata del volumen 5 de la saga de Sandman, de Neil Gaiman. Está dentro de una bolsa de regalo de los Avengers, con una felicitación que dice “te amo”. Me conmueve en demasía. Paso varios minutos observando la caligrafía. El detalle de la bolsa y el moño. Me siento afortunado. Mucho, muy afortunado. Antes de abrirlo, necesito terminar uno. Tengo por regla no comenzar a leer algo cuando no he terminado una lectura anterior. Es una regla que me cuesta mucho respetar. En parte por ansioso, en parte por mi eclecticismo innato.

Así que tomo Daytripper, de Fábio Moon y Gabriél Bá. El apartado reservado para la información de los autores menciona que son gemelos. Gemelos de apellido distinto. Nombres artísticos, quizás. La portada me sedujo desde que la vi, hace varios meses. También lo hizo la frase inicial de la contraportada:

“¿Cuáles son los días más importantes de tu vida?”.

Y luego la sinopsis:

“Conozcan a Brás de Oliva Domingo. Hijo milagro de un escritor brasileño mundialmente famoso, Brás pasa sus días escribiendo obituarios y sus noches soñando en convertirse en un autor de renombre… escribiendo el final de la historia de otras personas, cuando la suya apenas comienza.

Pero el día que su vida comience, ¿se dará cuenta? ¿Comienza a los 21 cuando conoce a la chica de sus sueños? ¿O a los 11 cuando recibe su primer beso? ¿O más tarde, cuando nace su primer hijo? ¿O antes, cuando parece encontrar su voz como escritor?

Cada día en la vida de Brás es como la página de un libro. Cada una revela las cosas y la gente que lo han convertido en lo que es: su madre y su padre, su hijo y su mejor amigo, su primer amor y el amor de su vida. Y como todas las grandes historias, cada día tiene un giro inesperado…”

Cuando la leí parecía que me hablaban a mí. Me identifiqué con el hilo argumental, pero no lo leí de inmediato. Le di un tiempo, mientras ocupaba mis ratos libres en revisar trabajos, preparar clases, ver algunas series en Netflix y escapar en el onirismo de los videojuegos. Hace apenas unos días que lo comencé. Me atrapó de inmediato. Hoy me pareció un buen día para terminarlo.

Lo devoro de volada. Y ya para los capítulos finales, las lágrimas ruedan sin control. Sollozo con cada página volteada. Me pregunto muchas cosas. Me cuestiono todo lo que doy por sentado. Le encuentro más valor. A quien está presente. A quien puedo abrazar. A mi vida y a mi tiempo. Lloro un poco más. La muerte inicia su peregrinaje hasta nuestros corazones desde el momento que nacemos. Tenemos un cronómetro que nunca correrá a nuestro favor. Cualquier día es bueno para irnos. Pero no cualquiera es conveniente. Anhelo saber qué hay detrás del último suspiro. Pero no estoy ansioso de averiguarlo. Siendo muy egoísta, siempre deseé ser enterrado primero, para no sufrir la pérdida, siempre quise que fuera al revés. Que me sufrieran a mí. Hoy no. Porque quizás yo tenga una mejor comprensión de esa transición, y en ese entendimiento, quizás encuentre un ancla que me afiance a la cordura y a la aceptación, que me haga soportar el duelo y el luto.

Hoy es Navidad y estoy escribiendo. Poco a poco mis dedos agarran ritmo otra vez. Hasta inicios de noviembre, los sentía tiesos, acalambrados, muertos, secos. Pero hoy, los hilos que los mueven retoman precisión. Rezo porque así sea. La felicidad no se mide en regalos. De niño me acostumbraron a ver presentes no sólo debajo del árbol, sino en toda la sala. Regalos grandes y pequeños. Muy costosos. Hoy tuve un par de pantalones, un par de boxers y el cómic. Pero me siento más feliz que nunca. 2015 fue el mejor año de mi vida. Aunque los cobradores del banco me hablen a diario. Aunque no hice las fechas límite para mis metas no se cumplieron. Estoy vivo. Rodeado de amor. De fortuna, esa que es invisible a los ojos. Aún hay tiempo. Y lo haré valer.

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